miércoles, 16 de mayo de 2012

Serendipity o la casualidad


Había una vez un reino exótico y oriental llamado Serendip cuya memoria se confunde con la imaginación. Los más viejos nos cuentan que existió; que estaba en una isla que muchos, muchos años después se llamó Ceilán y que hoy se conoce como Sri Lanka. A juzgar por la sonoridad de los nombres de algunas ciudades de esa isla, como Trincomalee o Jaffna, bien pudo ser así. O quizá Serendip siempre estuvo en Persia, el reino de los cuentos. 
En el Reino de Serendip se contaban muchas y maravillosas historias pero el azar quiso que sólo llegáramos a conocer una. Se trata de la historia de los tres príncipes de Serendip, individuos privilegiados no sólo por su noble ascendencia sino además por el don del descubrimiento fortuito. Cuenta la historia que estos tres personajes encontraban, sin buscarla, la respuesta a problemas que no se habían planteado; que, gracias a su capacidad de observación y a su sagacidad, descubrían accidentalmente la solución a dilemas  insospechados. Tan peculiar debió parecerle este don a un anónimo testigo que decidió inmortalizarlo escribiendo el anónimo relato que llevó por título "Los Tres Príncipes de Serendip".  Mucha gente leyó ese libro a lo largo de los años. Pero cuando lo leyó el señor Horace Walpole en el siglo XVIII algo cambió. A Walpole el don de los tres príncipes también debió de parecerle sublime, si bien difícil de explicar, y se inventó al efecto una expresiva palabreja: “serendipity”, una palabra que, dado que el señor Walpole era inglés, tuvo su primera oportunidad de repetirse y crecer en el mundo anglosajón. 



Una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado. Se puede denominar así también a la casualidad, coincidencia o accidente. 



... adoro, pues, las serendipias! 


domingo, 6 de mayo de 2012

La bolsa o la vida

Con la excusa de la crisis, los gobiernos del mal llamado primer mundo se han puesto de acuerdo en controlar a la masa social de una manera mucho más estricta. Y digo con excusa de la crisis porque así es: no se trata de acciones pensadas para el pueblo, sino de acciones pensadas para ganar dinero. Nos engañan y nos mangonean como mejor les conviene a sus intereses, pero en los medios explican que es por el bien del país, por la maldita crisis. Ya. Que tenemos que apretarnos el cinturón, nosotros, los que casi ya no podemos comprar cinturones. Nos recortan la educación, base de la sociedad libre y democrática. Los estudios universitarios serán solamente para la clase privilegiada, para una élite económica. Aprueban la gallina de los huevos de oro para las empresas, la reforma laboral. Las listas del paro crecen y crecen, un 20%, es decir, dos de cada diez personas en este país no tiene trabajo. Hay embargos cada día en todo el territorio, familias enteras que no tienen techo, familias que pertenecen a entidades financieras. Y ahora resulta que la sanidad pública, ese sistema del que tanto nos quejamos pero que tan bien nos ha ido y nos va, ya no será tan pública como reza su en su nombre. Yo estoy desconcertada. No es ético negociar con la salud, no es discutible. Si se piensa en la población, de manera en que esta pueda vivir de la mejor manera posible con los recursos de que disponga, recortar en sanidad, ponerle precio a las vidas humanas, es algo fuera de lugar completamente. Hoy en día me atrevería a hablar de una nueva era de dictaduras, con la represión y supresión de libertades que éstas traen consigo. Sin duda hay otras soluciones a la crisis, posiblemente con las que ninguno de esos impresentables se lucraría, pero que serían mejor para el mayor número de personas. Recortar en los pilares básicos de la sociedad del "Bienestar" no tiene sentido si queremos conservar ese malogrado bienestar que queda. 
Nos están atracando a mano armada, la bolsa o la vida. El problema es que como no ocurre en un callejón oscuro mientras un hombre con una media en la cabeza nos apunta con una navaja, la sociedad no tiembla. A mí ya se me pone la piel de gallina... 

lunes, 30 de enero de 2012

Soy peculiar, como todos

Me declaro adicta al café. Me gusta discutir y llevar la contraria, comer macarrones al pesto y sacar de quicio a la gente, me encanta hacer reír, criticar delante de un mojito y cantar en la ducha, siempre quiero tener razón, cuando me enfado soy horrible, disfruto llorando con las pelis y también adelantando a la gente que corre para coger el metro, soy muy exagerada y a veces no me soporto, odio cocinar y también odio que no me miren a la cara cuando hablo, y odio los relojes y dar el brazo a torcer, me ponen nerviosa los tics y los perros, y los tartamudos, y las conversaciones de ascensor ("parece que ahora sí que ha llegado el invierno..."), me enfada que suene el móvil y no llegar a tiempo para cogerlo y que la sopa se quede fría, y que me metan prisa, me molesta que la sábana se salga de abajo y que se acabe la batería del mp3 cuando aún me quedan paradas de bus, adoro mis conversaciones mentales con la gente (soy educada y hay cosas que no se dicen, pero sí se piensan), odio mentir y que ronquen a mi lado, normalmente tengo los armarios y los cajones como una leonera pero a primera vista la habitación parece ordenada, tengo millones de libros y calcetines, siempre quiero comprar unos guantes pero nunca los compro, me burlo de la gente cuando me siento atacada, no sé guiñar un ojo pero levanto la ceja izquierda y nunca aprendí todas las capitales de Europa, soy un monstruo cuando me enfado, sufro incontinencia verbal, me gustan los cambios y fregar los platos mientras canto, soy nerviosa crónica, prefiero un buen jamón y un vinito que el preciado chocolate... ¿ya he dicho que necesito café para vivir?