miércoles, 11 de diciembre de 2013

No me he muerto. Gracias.

Tengo esto muy abandonado. Qué lástima. No es que haya estado muy ocupada ni que me haya atropellado un autobús, ni que me haya tocado la lotería y mi vida haya dado un giro de 180 grados (jaaaajajaja... en fin). Quería disculparme si es que tengo algún tipo de fan que lee estas memeces. Que no es el caso, ya. Bueno, os deleito con otra reflexión muy mía de cómo veo la vida y tal. 

Todos tenemos dentro un diablo, un Satanás que nos enciende y al que le gusta hacer travesuras. Sin embargo, nuestra conciencia nos dice lo que está mal y lo que está bien. Y encima, la muy cabrona nos hace sentir culpabilidad cuando juzga que algo no es del todo correcto. La libertad de acción de ese demonio interior se ve siempre reducida, y eso cabrea más al pequeño Satán. Los juicios de valor que hace nuestra conciencia son emocionales, los controlamos a medias y los sufrimos al 100%. Pero el mini demonio no entiende de juicios ni de sentimientos. Hace y deshace; si te gusta bien, y si no, dos piedras, amigo. 
Algunas personas carecen de eso que llamamos conciencia, o, si no carecen de ella, la tienen secuestrada y amordazada en un zulo cerebral. El demonio que llevan dentro esas personitas campa a sus anchas en sus cabezas y domina sus acciones, de manera que, al no sentirse nunca culpables, no tienen juicio. No pueden saber si hacen el bien o el mal. Quien tiene que decírselo "no está disponible en este momento, inténtelo más tarde". Esas personas, llamémoslas Belcebús, esos Belcebús repartidos por el mundo hacen daño y no lo remediarán nunca, porque sus conciencias, si es que existen, no tienen voz ni voto. 
Los seres humanos no dejan nunca de sorprenderme, cuando crees que los conoces, te sorprenden de manera estrepitosa y caótica. No aceptamos los cambios muy bien, las personas. Así que nos pasamos la vida flipando en colores, que tiene su lado divertido, no digo que no, pero otras veces flipar tanto es desesperante, frustrante y dramático.


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