Días grises. Días radiantes.
Días gloriosos. Días oscuros.
Días lluviosos. Días de sol.
La diferencia es lo que haces con ellos, ellos son siempre los mismos.
Pero tú no.
Cementerio en mis zapatos
... y corro el velo que todo lo olvida.
Soy una buscadora de experiencias profesional. Me encantan los libros y los calcetines. Dicen de mí que soy egocéntrica, impulsiva y que tengo diarrea verbal incontrolada. Y que me compre un poni. Pero lo más importante es que el absurdo me persigue. Y ya que me persigue, yo también juego.
jueves, 7 de marzo de 2013
martes, 5 de marzo de 2013
Los caminantes
Todos pensamos en zombis y nos equivocamos. Los caminantes no son zombis. O puede ser que los zombis no sean lo que pensamos y le damos un significado erróneo, una imagen errónea.
Los caminantes son los ancianos. Este es un país de viejunos, eso es una verdad como un templo. Ellos son los auténticos caminantes. Y deberíamos empezar a temblar, porque mantenerlos nos va a salir por un pico muy gordo. Nos van a absorver las entrañas, como buenos zombis que son. Viajan en hordas, destruyen lugares (véase Benidorm), se asientan en un sitio y es muy difícil sacarlos de allí, casi imposible. Ocupan todo lo que quieren y más. Se drogan contínuamente, llevan más química en el cuerpo que un ravero. Así están. Viejunos, drogados y medio p'allá.
Si cada vez hay más gente joven que huye del país buscando un futuro, y cada vez hay más parados, ya veremos cómo pagamos las pensiones de los caminantes. Nuestros caminantes, nuestros Walking Dead. Se ponen violentos sólo cuando les escondes las pastillas y les tocan la pensión. Vamos a morir, nos van a sacar las vísceras.
Se organizan en grupos y parecen inofensivos, pero si los ven... corran, no miren atrás.
Va a ser el apocalipsis zombi. Y estaremos aquí para verlo (desgraciadamente).
Los caminantes son los ancianos. Este es un país de viejunos, eso es una verdad como un templo. Ellos son los auténticos caminantes. Y deberíamos empezar a temblar, porque mantenerlos nos va a salir por un pico muy gordo. Nos van a absorver las entrañas, como buenos zombis que son. Viajan en hordas, destruyen lugares (véase Benidorm), se asientan en un sitio y es muy difícil sacarlos de allí, casi imposible. Ocupan todo lo que quieren y más. Se drogan contínuamente, llevan más química en el cuerpo que un ravero. Así están. Viejunos, drogados y medio p'allá.
Si cada vez hay más gente joven que huye del país buscando un futuro, y cada vez hay más parados, ya veremos cómo pagamos las pensiones de los caminantes. Nuestros caminantes, nuestros Walking Dead. Se ponen violentos sólo cuando les escondes las pastillas y les tocan la pensión. Vamos a morir, nos van a sacar las vísceras.
Se organizan en grupos y parecen inofensivos, pero si los ven... corran, no miren atrás.
Va a ser el apocalipsis zombi. Y estaremos aquí para verlo (desgraciadamente).
lunes, 4 de marzo de 2013
El Ciudadano
Voy a aclarar que este escrito es una FICCIÓN, un cuento, una historia imaginaria. No estoy dando ideas. No va a pasar, principalmente porque en este país de cagones se hace difícil encontrar un Ciudadano. Faltan huevos, amigos. Simplemente en mi cabeza la vida sería así. Y es una vida mucho mejor que la que estamos viviendo todos.
--
La noche era negra como el futuro. El Ciudadano estaba esperando detrás del furgón a que su víctima, en realidad verdugo, llegara al punto marcado con una X.
El Ciudadano era una persona normal y corriente. Tenía un trabajo de mierda que sólo le daba para pagar y del que iban a despedir. No podía ejercer de lo que había estudiado. No podía permitirse el lujo de irse de casa de sus padres. Su relación de pareja se había ido al traste porque ni su novia ni él veían con esperanza el futuro. El Ciudadano era un hombre formado, había leído, tenía ideales, creía en algo mejor. Pero la sociedad era un estercolero y él no sabía cómo llevar sus ideas a la acción. Él era un simple hombre, uno sólo, una hormiga a la que aplastaría ese sistema decadente y corrupto. Nadie hacia nada. Y cada día, cuando leía el periódico o veía la televisión, entraba en un estado de... no sé cómo llamarlo. De ira muda, de llanto escondido. De vergüenza. De rabia. De venganza.
El Ciudadano observó cómo bajaba su víctima del coche oficial y puso los ojos en blanco. "Cabroneshijosputa...", su mantra especial. Respiró hondo y entró en la casa por la puerta de servicio, con uniforme de camarero. Todo estaba pensado, todo estaba calculado al milímetro. Escuchó a su víctima decirle a alguien que lo dejaran solo, entró en su despacho y se dispuso a llamar por teléfono. El Ciudadano respiró hondo. Notó las pulsaciones de su corazón. Entró en el despacho silenciosamente y con el cable en la mano, se situó detrás de la víctima mientras le estrangulaba con todas sus fuerzas. No hubo nada más, sólo silencio. Sencillo, discreto, magnífico. El Ciudadano hervía entre el sentimiento de triunfo, de alivio y el de culpa por haber quitado una vida. "No, debe morir para arreglar todo lo que ha estropeado. Ellos seguirán haciendo sus leyes para que Ellos mismos las puedan incumplir. No. A mí me duele privarle del aliento a otro ser humano, Ellos no sienten dolor por nosotros y nos quitan la vida poco a poco, viéndonos sufrir. No."
El Ciudadano dejó un papel escrito en la boca de la víctima antes de irse y volver a ser una hormiguita más.
"Cuántos queréis que aparezcan sin vida. Yo necesito que los governantes tengan vergüenza, tengan humanidad y trabajen para nosotros. Si no existe eso, los ciudadanos tenemos el deber de vengar la libertad mutilada."
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La noche era negra como el futuro. El Ciudadano estaba esperando detrás del furgón a que su víctima, en realidad verdugo, llegara al punto marcado con una X.
El Ciudadano era una persona normal y corriente. Tenía un trabajo de mierda que sólo le daba para pagar y del que iban a despedir. No podía ejercer de lo que había estudiado. No podía permitirse el lujo de irse de casa de sus padres. Su relación de pareja se había ido al traste porque ni su novia ni él veían con esperanza el futuro. El Ciudadano era un hombre formado, había leído, tenía ideales, creía en algo mejor. Pero la sociedad era un estercolero y él no sabía cómo llevar sus ideas a la acción. Él era un simple hombre, uno sólo, una hormiga a la que aplastaría ese sistema decadente y corrupto. Nadie hacia nada. Y cada día, cuando leía el periódico o veía la televisión, entraba en un estado de... no sé cómo llamarlo. De ira muda, de llanto escondido. De vergüenza. De rabia. De venganza.
El Ciudadano observó cómo bajaba su víctima del coche oficial y puso los ojos en blanco. "Cabroneshijosputa...", su mantra especial. Respiró hondo y entró en la casa por la puerta de servicio, con uniforme de camarero. Todo estaba pensado, todo estaba calculado al milímetro. Escuchó a su víctima decirle a alguien que lo dejaran solo, entró en su despacho y se dispuso a llamar por teléfono. El Ciudadano respiró hondo. Notó las pulsaciones de su corazón. Entró en el despacho silenciosamente y con el cable en la mano, se situó detrás de la víctima mientras le estrangulaba con todas sus fuerzas. No hubo nada más, sólo silencio. Sencillo, discreto, magnífico. El Ciudadano hervía entre el sentimiento de triunfo, de alivio y el de culpa por haber quitado una vida. "No, debe morir para arreglar todo lo que ha estropeado. Ellos seguirán haciendo sus leyes para que Ellos mismos las puedan incumplir. No. A mí me duele privarle del aliento a otro ser humano, Ellos no sienten dolor por nosotros y nos quitan la vida poco a poco, viéndonos sufrir. No."
El Ciudadano dejó un papel escrito en la boca de la víctima antes de irse y volver a ser una hormiguita más.
"Cuántos queréis que aparezcan sin vida. Yo necesito que los governantes tengan vergüenza, tengan humanidad y trabajen para nosotros. Si no existe eso, los ciudadanos tenemos el deber de vengar la libertad mutilada."
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